4º ESO. Literatura U1: La Ilustración

Para comenzar la unidad, vamos a ver qué ideas se encuentran tras el movimiento que conocemos como Ilustración, el contexto histórico en el que va a nacer el Neoclasicismo, sus características literarias y el acontecimiento en el que va a desembocar tan convulsa época.

Algunos textos de los autores más destacados de la literatura española del siglo XVIII, que nos servirán de ejemplo:

Cartas eruditas, de Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764)

Sobre el nuevo arte del beneficio de la plata (fragmento)

[…] Y con mucha razón. Yo miro esos que el mundo llama Héroes, denominación que ya se hizo propia de todos los que tienen la cualidad de guerreros insignes, como unas llamas elementales, que abrasan otro tanto como brillan. Y al contrario, los inventores de cosas útiles, como lumbreras de superior esfera, astros benéficos que influyen y alumbran, pero no queman.

Esas mismas minas de la América que dieron materia a la gloria de inventor que logró nuestro don Lorenzo, nos ofrecen el justo paralelo que debemos hacer entre estas dos clases de hombres famosos. Esas mismas minas de la América, digo, que dieron materia a la gloria de inventor que adquirió nuestro don Lorenzo, esas mismas fueron objeto y asunto de las proezas con que varios españoles adquirieron en el mundo el glorioso atributo de héroes. No tiene duda que estos llenaron a España de riquezas, pero después de inundar la América de sangre, no sólo de bárbaros indios, más de los españoles. ¡Qué Teatro tan lleno de lástimas ofrece a la consideración aquel gran trozo del mundo en las historias de aquellos tiempos! Con más propiedad se aplicaría a las guerras de Indios y Españoles aquel profético entusiasmo de la Sibila Cumea, bella, hórrida bella, que en el vaticinio que pronunció al héroe troyano. Batallaban los Españoles con los indios y con los españoles batallaban los indios y los elementos, y con igual furor que los elementos y los indios, unos españoles con otros. No desoló tantas Provincias la ambición en Europa, Asia y África en el largo espacio de veinte siglos, como la codicia en la América en uno sólo. […] Pero lo que causa el mayor horror es ver ensangrentados como feroces bestias unos españoles en otros. Cuantas calumnias, perfidias, crueldades pueden inspirar la envidia, el odio, el furor, tantas se vieron recíprocas frecuentemente entre los conquistadores de la América, llegando más de una vez la enemiga rabia al extremo de prohibir la administración del sacramento de la Penitencia a los que, muy de pensado y sobre seguro, se condenaba a muerte.

Tan trágica fue la conquista de la América que hicieron nuestras armas. A tanta costa se descubrieron sus minas. No hay vena de oro o plata en ellas, que no haya hecho verter arroyos de sangre de humanas venas. […]

Cartas marruecas, de José Cadalso (1741-1782)

Carta XXIV

De Gazel a Ben-Beley

Uno de los motivos de la decadencia de las artes de España es, sin duda, la repugnancia que tiene todo hijo a seguir la carrera de sus padres. En Londres, por ejemplo, hay tienda de zapatero que ha ido pasando de padres a hijos por cinco o seis generaciones, aumentándose el caudal de cada poseedor sobre el que dejó su padre, hasta tener casas de campo y haciendas considerables en las provincias, gobernados estos estados por el mismo desde el banquillo en que preside a los mozos de zapatería en la capital. Pero en este país cada padre quiere colocar a su hijo más alto, y si no, el hijo tiene buen cuidado de dejar a su padre más abajo; con cuyo método ninguna familia se fija en gremio alguno determinado de los que contribuyen al bien de la república por la industria y comercio o labranza, procurando todos con increíble anhelo colocarse por éste o por el otro medio en la clase de los nobles, menoscabando a la república en lo que producirían si trabajaran. Si se redujese siquiera su ambición de ennoblecerse al deseo de descansar y vivir felices, tendría alguna excusa moral este defecto político; pero suelen trabajar más después de ennoblecidos.

En la misma posada en que vivo se halla un caballero que acaba de llegar de Indias con un caudal considerable. Inferiría cualquiera racional que, conseguido ya el dinero, medio para todos los descansos del mundo, no pensaría el indiano más que en gozar de lo que fue a adquirir por varios modos a muchos millares de leguas. Pues no, amigo. Me ha comunicado su plan de operaciones para toda su vida aunque cumpla doscientos años. «Ahora me voy -me dijo- a pretender un hábito; luego, un título de Castilla; después, un empleo en la corte; con esto buscaré una boda ventajosa para mi hija; pondré un hijo en tal parte, otro en cual parte; casaré una hija con un marqués, otra con un conde. Luego pondré pleito a un primo mío sobre cuatro casas que se están cayendo en Vizcaya; después otro a un tío segundo sobre un dinero que dejó un primo segundo de mi abuelo». Interrumpí su serie de proyectos, diciéndole: «Caballero, si es verdad que os halláis con seiscientos mil pesos duros en oro o plata, tenéis ya cincuenta años cumplidos y una salud algo dañada por los viajes y trabajos, ¿no sería más prudente consejo el escoger la provincia más saludable del mundo, estableceros en ella, buscar todas las comodidades de la vida, pasar con descanso lo que os queda de ella, amparar a los parientes pobres, hacer bien a vuestros vecinos y esperar con tranquilidad el fin de vuestros días sin acarreárosla con tantos proyectos, todos de ambición y codicia?». «No, señor -me respondió con furia-; como yo lo he ganado, que lo ganen otros. Sobresalir entre los ricos, aprovecharme de la miseria de alguna familia pobre para ingerirme en ella, y hacer casa son los tres objetos que debe llevar un hombre como yo». Y en esto se salió a hablar con una cuadrilla de escribanos, procuradores, agentes y otros, que le saludaron con el tratamiento que las pragmáticas señalan para los Grandes del reino; lisonjas que, naturalmente, acabarán con lo que fue el fruto de sus viajes y fatigas, y que eran cimiento de su esperanza y necedad.

Fábulas literarias, de Tomás de Iriarte (1750-1791)

Los dos conejos

Por entre unas matas,
seguido de perros,
no diré corría,
volaba un conejo.

De su madriguera
salió un compañero
y le dijo: «Tente
amigo, ¿qué es esto?».

«¿Qué ha de ser?», responde;
«sin aliento llego…;
dos pícaros galgos
me vienen siguiendo».

«Sí», replica el otro,
«por allí los veo,
pero no son galgos».
«¿Pues qué son?» «Podencos».

«¿Qué? ¿podencos dices?
Sí, como mi abuelo.
Galgos y muy galgos;
bien vistos los tengo».

«Son podencos, vaya,
que no entiendes de eso».
«Son galgos, te digo».
«Digo que podencos».

En esta disputa
llegando los perros,
pillan descuidados
a mis dos conejos.

Los que por cuestiones
de poco momento
dejan lo que importa,
llévense este ejemplo.

Moraleja: No debemos detenernos en cuestiones frívolas, olvidando el asunto principal.

La rana y el renacuajo
En la orilla del Tajo
hablaba con la rana el renacuajo,
alabando las hojas, la espesura
de un gran cañaveral y su verdura.
Mas luego que del viento
el ímpetu violento
una caña abatió, que cayó al río,
en tono de lección dijo la rana:
«Ven a verla, hijo mío:
por de fuera muy tersa, muy lozana;
por dentro, todo fofa, toda vana.»
Si la rana entendiera poesía,
también de muchos versos lo diría.
Moraleja: ¡Qué despreciable es la poesía de mucha hojarasca!

Fábulas morales, de Félix María Samaniego (1745-1801)

La zorra y las uvas

Es voz común que a más del mediodía,
en ayunas la Zorra iba cazando;
halla una parra, quédase mirando
de la alta vid el fruto que pendía.

Causábala mil ansias y congojas
no alcanzar a las uvas con la garra,
al mostrar a sus dientes la alta parra
negros racimos entre verdes hojas.

Miró, saltó y anduvo en probaduras,
pero vio el imposible ya de fijo.
Entonces fue cuando la Zorra dijo:
«No las quiero comer. No están maduras».

No por eso te muestres impaciente,
si se te frustra, Fabio, algún intento:
aplica bien el cuento,
y di: No están maduras, frescamente.

El ratón de la corte y el del campo

Un Ratón cortesano
Convidó con un modo muy urbano
A un Ratón campesino.
Diole gordo tocino,
Queso fresco de Holanda,
Y una despensa llena de vianda
Era su alojamiento,
Pues no pudiera haber un aposento
Tan magníficamente preparado,
Aunque fuese en Ratópolis buscado
Con el mayor esmero,
Para alojar a Roepan primero.
Sus sentidos allí se recreaban;
Las paredes y techos adornaban,
Entre mil ratonescas golosinas,
Salchichones, perniles y cecinas.

Saltaban de placer, ¡oh qué embeleso!
De pernil en pernil, de queso en queso.
En esta situación tan lisonjera
Llega la Despensera.
Oyen el ruido, corren, se agazapan,
Pierden el tino, mas al fin se escapan
Atropelladamente
Por cierto pasadizo abierto a diente.
«¡Esto tenemos! dijo el campesino;
Reniego yo del queso, del tocino
Y de quien busca gustos
Entre los sobresaltos y los sustos»
Volvióse a su campaña en el instante
Y estimó mucho más de allí adelante,
Sin zozobra, temor ni pesadumbres,
Su casita de tierra y sus legumbres.

Tres poemas del siglo XVIII (recitados por el profesor Antonio García Megía):

  • Torres de Villarroel: “Ciencia de los cortesanos del siglo”.
  • Nicolás Fernández de Moratín: “Fiesta de toros en Madrid” (Breve fragmento).
  • Meléndez Valdés: “A las zagalas”

Teatro: El sí de las niñas, de Leandro Fernández de Moratín.

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